domingo, 24 de junio de 2012

Milagros del camino

"Resulta que tenía a la vista un castaño monumental de extraordinaria belleza. A su lado, en estrecha vecindad, se erguía un roble cuya musculatura leñosa soportaba una cúpula aún mayor que la de su compañero [...] Bajo sus copas te invadía el sosiego de cuando se vuelve a casa después de una larga ausencia. Por boca de un gorrión, el bosque pareció preguntarme "¿Dime, caminante, cuál de los dos árboles te resulta de mayor agrado?" Días atrás alguien me había planteado lo mismo pero con respecto a las catedrales de Burgos y León. No supe qué contestar entonces ni tampoco ahora. Pero algo sí que sabía. Que anteponía uno solo de los dos árboles a la suma incluso de ambas joyas góticas. Había en ellos más verdad y armonía que en cualquier edificio levantado por el Hombre. La Naturaleza, siempre por delante; la vida, primero. De los altares del árbol destacan las hojas, el rocío, los pájaros, los insectos, las estaciones y el arrullo de la brisa; y de los altares del Hombre no transciende sino el enredo de intelectualizar su perpetuo miedo a la muerte, aunque se vista de arte por intentar parecer otra cosa agradando la vista"

Ferrer Taberner, Andrés: De árboles, nubes y sueños.


sábado, 26 de mayo de 2012

EL corazón de las tinieblas

"No eran colonizadores; su administración equivalía a una pura opresión y nada más, imagino. Eran conquistadores, y eso es lo único que requiere es fuerza bruta, nada de lo que pueda uno vanagloriarse cuando se posee, ya que la fuerza no es sino una casualidad nacida de la debilidad de los otros".

Conrad, Joseph: "El corazón de las tinieblas".

Foto: A.


Sabiduría de Marguerite Yourcenar

"No hay que perder nunca de vista el diagrama de una vida humana, que no se compone, por más que se diga, de una horizontal y de dos perpendiculares; sino más bien de tres líneas sinuosas, perdidas hacia el infinito, constantemente próximas y divergentes: lo que un hombre ha creído ser, lo que ha querido ser, y lo que fue".

Notas de Marguerite Yourcenar

La impotencia del emperador


"Atiano y Plotina me narraron los incidentes de la campaña que no habían incluido en sus breves mensajes. Uno de aquellos relatos me conmovió al punto de incorporarse para siempre a mis recuerdos personales, a mis símbolos propios. Apenas llegado a Sharax, el fatigado emperador había ido a sentarse a la orilla del mar, frente a las densas aguas del Golfo Pérsico. En aquel momento no dudaba todavía de la victoria, pero por primera vez lo abrumaba la inmensidad del mundo, la conciencia de su edad y de los límites que nos encierran. Gruesas lágrimas rodaron por las arrugadas mejillas del hombre a quien se creía incapaz de llorar. El jefe que había llevado las águilas romanas a riberas hasta entonces inexploradas, comprendió que no se embarcaría jamás en aquel mar tan soñado; la India, la Bactriana, todo ese Oriente tenebroso del que se había embriagado a distancia, se reducirían para él a unos nombres y a unos ensueños. Cada vez que el destino me ha dicho no, he recordado aquellas lágrimas derramadas una noche en lejanas playas por un anciano que quizá miraba por primera vez su vida cara a cara".

Yourcenar, Marguerite: "Memorias de Adriano"

Foto: A.V



martes, 1 de mayo de 2012

Lo ideal se pelea con la realidad

"Lo comprendo. Lleva usted dentro el entusiasmo de la India, y sus templos y palmeras... todo ese romanticismo que despierta en el turista un viaje de dos meses. Sí, el trópico es encantador cuando se atraviesa en ferrocarril, en auto o en rikscha [...] Quería aprender las lenguas orientales para leer los libros sagrados en el texto original, quería estudiar el alma de los indígenas -sí, así se dice en la jerga europea-, convertirme en un misionero de la humanidad, de la ciencia, de la civilización... Todos los que llegamos de Occidente soñamos con lo mismo... Mas, allí, en aquel sofocante invernadero que el viajero no ve, faltan pronto las fuerzas: la fiebre [...] La fiebre nos devora el cuerpo; nos tornamos indolentes, perezosos; nos convertimos en gallinas mojadas, cuando no en crustáceos insnesibles. [...] Tarde o temprano todos caen; unos se dan a la bebida; otros fuman opio; otros no piensan sino en pegar y maltratar hasta volverse unos bestias; una u otra, cada cual contrae su locura."

Zweig, Stefan: Amok.

domingo, 18 de marzo de 2012

El amante

"Ya estoy advertida. Sé algo. Sé que no son los vestidos lo que hacen a las mujeres más o menos hermosas, ni los tratamientos de belleza, ni el precio de los potingues, ni la rareza, el precio de los atavíos. Sé que el problema está en otra parte. No sé dónde. Sólo sé que no está donde las mujeres creen. Miro a las mujeres por las calles de Saigón, en los puestos de la selva. Las hay muy hermosas, muy blancas[...] No hacen nada, sólo se reservan, se reservan para Europa, los amantes, las vacaciones en Italia [...] Ellas esperan. Se visten para nada. Se contemplan. En la penumbra de esas quintas se contemplan para, más tarde,creen vivir una novela, ya tienen los amplios roperos llenos de vestidos con los que no saben qué hacer, coleccionados como el tiempo, la larga sucesión de días de espera. Algunas se vuelven locas. Algunas son abandonadas por una joven criada que se calla. Abandonadas. Se oye cómo la palabra las alcanza, el ruido que hace, el ruido de la bofetada que da. Algunas se matan".

 "Años después de la guerra, después de las bodas, de los hijos, de los divorcios, de los libros, llegó a París con su mujer. Él le telefoneó. Soy yo. Ella le reconoció por la voz. Él dijo: sólo quería oír tu voz. Ella dijo: soy yo, buenos días. Estaba intimidado, tenía miedo, como antes. Su voz, de repente, temblaba. Y con el temblor, de repente, ella reconoció el acento de China. Sabía que había empezado a escribir libros. Lo supo por la madre a quien volvió a ver en Saigón. Y también por el hermano menor, que había estado triste por ella. Y después ya no supo qué decirle. Y después se lo dijo. Le dijo que era como antes, que todavía la amaba, que nunca podría dejar de amarla, que la amaría hasta la muerte"

DURAS, Marguerite: El amante.

Foto: Ana V.


domingo, 11 de marzo de 2012

Tentadora, sabrosa y diabólica maldad

"Al instante despertó en mí el espíritu del infierno, bramando embravecido. Con un arrebato de júbilo, vapuleé al indefenso cuerpo, saboreando con deleite cada golpe; y solo cuando, en la cumbre de mi delirio, empecé a notar señales de fatiga, me sobrecogió súbitamente el corazón en un frío estremecimiento de terror. Al dispersarse aquella niebla, me di cuenta de que mi vida estaba perdida, y huí de la escena de aquellos sucesos, gloriándome y temblando a un mismo tiempo, satisfecha y estimulada mi ansia de mal, y más hondo que nunca arraigado mi amor a la vida".

STEVENSON, Robert Louis: El extraño cado del Dr. Jekyll y Mr. Hyde